Rick’s drugs

Paco Sánchez

Rick demandó a la vieja Lufthansa por no permitirle viajar con su dobergman Ingrid en aquel vuelo de película que le sacó de Casablanca. La perra tuvo que quedarse con el gimnasta olímpico sin centelleo amatorio. Del pleito a la compañía se encargó un Antonio García-Trevijano —aún adolescente—, que pululaba por Estoril a la espera de florecer y coexistir en espacio y tiempo con don Juan de Borbón.

—Rick, es poco probable que la reclamación prospere.

—No voy a perder a esa perra por segunda vez, Antonio. Ya tuve que hacerme argentino para huir de los nazis y no quiero otro revés.

—Tenga en cuenta que faltan años para que el movimiento animalista cobre fuerza, las perras aún no tienen derechos. Lo único útil que usted conserva es el alcoholismo. Sigue leyendo

Adolfo Suárez, TRX y pollo en pepitoria

Paco Sánchez

Hoy he asistido a mi primera clase de TRX y no guarda relación con los dinosaurios.

Decidí apuntarme a un gimnasio tras casi veinte años de sedentarismo solo interrumpido para salir de fiesta. Después de unos meses haciendo ejercicio por mi cuenta, me animé a ir a una clase con monitor. Había muchas y me fijé en la que más desconocía: TRX. Una buena persona con formación superior y conocimientos deportivos me explicó de qué se trataba y terminó de animarme a probar. Investigué un poco más en internet y vi que se trataba de un ejercicio surgido poco antes de la Guerra Civil Española. Tras la sanjurjada de 1932, los carlistas se especializaron en la guerra con submarinos y en 1936 disponían de seis ejemplares que ya buceaban con primor; cinco marrón metralla y uno amarillo, por si había que llamar la atención o luchar contra carpas gigantes del Japón.

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Melena de tango

Paco Sánchez

Era tan tarde que el perchero comenzaba a perder la compostura. Las brujas ya habían colgado sus escobas en el techo del restaurante porque fuera estaba lloviendo. Esas harpías no eran capaces de conciliar el sueño si no comían algo caliente después de bailar flamenco. Charlar junto a una mesa de brujas conlleva que la realidad suceda de un modo peculiar, mas en previsión de que tal situación ocurriese, bebimos unas cervezas frente a la basílica.

ElenaAtlántica

—Trevor, ¿tienes alguna dificultad psicomotriz?

—Por suerte no, Madeleine, si bien es cierto que me desplazo con no pocos problemas sobre los glaciares.

—Entonces crucemos el Atlántico y vayamos a Denver a comer nuggets.

Antes de que pudiese asentir, Madeleine ya le había birlado la luz a uno de los casquillos que colgaban del techo y había salido a la calle sosteniéndola como un cigarrillo para no llamar la atención del maître de pasta de galleta.

—Nos hará falta luz para el trayecto, Trevor, está muy oscuro y llueve.

—Sabes que un viaje transatlántico despeinará tu melena de tango, ¿verdad?

—El precio me parece justo.

Tomamos el primer dirigible que volaba a Denver. Tras responder a una batería de preguntas efectuadas por el señor Bonham en el control de acceso, logramos viajar de noche ya que portábamos nuestro propio fulgor.

Fuimos todo el trayecto escuchando música a un volumen muy alto, algo lógico en un zepelín, aunque imposibilitaba ingerir alimento alguno. Junto a nosotros, la señorita Andrews explicaba al señor Plant que no le quedó otro remedio que tomar el dirigible tras perder su paraguas, y éste le aconsejó que pasara página. Mientras tanto, yo iba suministrando a Madeleine licores con la aviesa intención de embriagarla para paladearla con mayor facilidad. La treta no funcionó y antes de llegar a Denver ya estaba colorado.

El aparato se posó en el aeródromo, nos desabrochamos los cinturones entusiasmados y bajamos del zepelín con languidez. El hambre nos hizo montar a lomos del primer equino potente que vimos y cabalgar hasta el Sobo 151 para comernos unos Buffalo Nuggets de seis dólares. Ambos pedimos cerveza. Según nos la servía, percibimos en el camarero un talento musical desmedido. Madeleine y yo teníamos la capacidad de ver aptitudes en las personas, aunque vistiesen mal. No era suerte, era instinto. Es ordinario que la gente solo vea en los demás aquello que cuentan de ellos sin esforzarse en formar un juicio propio, tal vez por temor a que les guste lo que descubran.

En todos los hoteles de Denver hay un tocadiscos y como era acostumbrado, Madeleine se quitó la blusa y pinchó Bobby Brown goes down de Frank Zappa. El pantalón negro de cintura alta hacía de su culo un paréntesis en el que nos imbuimos durante horas.

—¿Sabes que Fran Zappa sostenía que la cerveza o alguno de sus componentes como la levadura afectaba al cerebro y empujaba a los hombres a la maldad?

—Trevor, deja de decir sandeces y sirve otra copa, por favor.

Me giré para coger la botella y al darme la vuelta ya no estaba.

Ella siempre sostuvo que la luz era la razón. Yo siempre sostuve una copa.

 

Publicado en El Reverso

Alunizaje nacional

Paco Sánchez

 

nacional

—¡Orden, señores! ¡Orden, orden! Guarden silencio que les voy a explicar el… ¡Ciges, súbase los pantalones in-me-dia-ta-men-te!

—Sí, sí, es que estos hijos de puta me han sacado de la cama para venir aquí, y si no me toco antes doce del mediodía me paso todo el día tartamudeando.

—Como iba diciendo, les voy a contar el motivo de esta reunión de alto secreto: el presidente del Gobierno, don Fernando Fernán Gómez se ha propuesto ir a la Luna. Como está seguro de que los americanos nunca llegaron y fue todo un montaje dirigido por Stanley Kubrick, me ha encargado la selección del elenco que rodará el alunizaje patrio y así no ser menos que ellos.

—¡¿Es que no nos van a dar ni un puto café antes de empezar con la milonga del viajecito?!

—Agustín, por favor, cálmese. Cualquier día le da un infarto.

—Estoy hasta las narices, José Luis. Además, seguro que quieren que haga de cura.

—Tran-qui-li-dad, Agustín, tran-qui-li-dad. Ahora mismo pido que nos traigan unos cafés.

—¡Señorito! La junta de la cafetera está rota.

Escolti, casualmente soy representante de Cafeteras Capdevilla, una empresa familiar muy honrada. Le dejo mi tarjeta y mire usted a ver si puede interceder para conseguir un contrato con el ministerio.

—Por el amor de Dios, Saza, no deja pasar usted una. Ande, calle y escuche.

—Que digo yo, que ya que Saza es vendedor…

—Representante, Chus, representante.

—Bueno, representante. Pues que ya que es representante de cafeteras, seguro que lleva alguna de muestra en el maletero del coche. Que nos prepare un café y nos hacemos una idea del producto. Además, yo me levanto con unas psicopatías terribles, y hasta que no tomo una taza de café, no soy mujer completa.

—Está bien. Saza, vaya preparando café mientras continúo.

—Oiga, ¿el café lo tengo que poner yo también?

—No sea tacaño, leñe. En fin, a ver si puedo seguir. Les informo que el director del alunizaje será nuestro amigo Luis García Berlanga y que…

—¡Otra vez ese comunista!

—Señor Galiardo, modérese. Y deje el coñac un momentito. ¡Ciges, váyase al baño, de-ge-ne-ra-do!

—Si el señor Galiardo tiene un papel más grande que el mío, no actúo. Y os denuncio al sindicato.

—Sacristán, por favor, no empiece otra pataleta bolchevique. Continúo, señores. El guion ya está escrito, por Azcona, por supuesto. Bien, parece que con esto no hay discrepancias. Pero… ¡qué narices hacen aquí esas gallinas!

—Coño, José Luis, qué quieres que haga, no tenía con quién dejarlas, en casa solo está mi mujer, esa arpía es capaz de robarme todos los huevos de la puesta si las dejo allí.

—Agustín, no me haga medirle el perímetro de la cabeza. No está usted en su sano juicio. Saza, ¿le queda mucho a esa cafetera?

—He buscado en el coche, pero no he traído café, ¿hay por aquí en algún sitio?

—Mire a ver en aquel armario, el que está junto a la estantería del señor Escobar.

—Aprovecho que me nombra, insignificante José Luis, para preguntarle si habrá putas gratis durante el rodaje. porque si no hay putas, no le hago a mi mujer que me saque de la finca.

—A su edad, don Luis Escobar…

—¡Oiga, no encuentro el café! ¿Es por aquí?

—No, a la derecha, a la derecha, no tanto, un poco a la izquierda.

—Osti tu, ¡pero si son pelos de coño otra vez!

Mis días con Jacqueline

Paco Sánchez

Esta es la historia de un fracaso, de mi fracaso con Jacqueline Bisset.

bisset

Corría el año 67, yo salía del casino Royale con un traje de rayas y la billetera vacía. Levanté la mano con intención de parar un taxi para luego no pagarlo y entonces apareció ella, a cámara lenta, con el pelo secado al aire y derramándome media sonrisa. Cuando me repuse de aquello eran las navidades del 71 y tenía un buen empleo. Yo tampoco lograba explicármelo, al parecer era ejecutivo en una empresa de cosméticos y había vuelto a toparme con ella. No solo a toparme con ella, éramos pareja. Sigue leyendo

70 mm

Paco Sánchez

Desperté granulado, con el color saturado y en 70 mm, como en una película de 1977. Al hablar, comprobé que mi dicción era perfecta, el tono grave y el timbre foliador. No hacía falta ser muy audaz para darse cuenta de lo desacostumbrado de la situación, de hecho, nunca había amanecido en Ultra Panavision. Más allá de cierta preocupación transitoria, decidí fisgonear. Lo primero que me llamó la atención fue la fotografía. A pesar de ser cálida y natural, casi ninguna secuencia de las que iba viviendo estaba rodada con luz solar. Soberbia utilización de los focos.

Después de arreglarme pelo y patillas, me coloqué unas correas con dos fundas a ambos costados para portar pistolas, me cubrí con un tres cuartos de piel marrón y bajé a la calle. Pesqué un periódico local a cambio de una moneda en un expendedor metálico. Supe que mi coche era un Ford Mustang Shelby del 67, conduje por inercia hasta un bar, bajé del vehículo y cerré la puerta con suficiencia, sin echar la llave. Ya no había duda, estaba en una película. Pedí un whisky. No sabía si existía el libre albedrío o bien mis acciones estaban sujetas a un guión, opción que cobraba fuerza en virtud de la situación. Había dos teléfonos gemelos de los cuales solo uno funcionaba. Sobre ellos, un televisor. Jimmy Carter había cedido el control del Canal a un dictador panameño con un sombrero ridículo. Al parecer, aquello no era del agrado del resto de clientes. Entró en el local una mujer de la que solo pude ver su voz. Estaba desubicada. Me acerqué a ella.

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Bogavante no hay más vino

Paco Sánchez

El marisco siempre fresco

El marisco siempre fresco

—He traído ajos de Villaconejos, Trevor —dijo con una ristra sobre el pecho.

—No esperaba menos, Susan.

—No estaba segura de si el arroz con bogavante llevaba cebolla.

—Según. En todo caso es mejor no echar mucha. Tengo una buena cebolla, muy dulce. Por cierto, ¿prefieres vino o cerveza mientras preparamos la comida?

—Ay, Trevor, se me olvidaba, ya que estaba por el Sureste madrileño he adquirido vino en Colmenar de Oreja, en una cooperativa muy agreste, mira qué garrafa de plástico traslúcido más estupenda. Me he dicho: ¡diablo, me voy a dar un capricho! Cinco litros.

—¿No será desabrido, Susan?

—No creo, la ingeriremos en su totalidad. Ya verás. ¿En qué te puedo ir echando una mano?

—Pélame la cebolla. Pero primero sirvamos un poco de vino. Voy a sacar dos copas.

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