Ropa de entretiempo

Francisco Javier Sánchez Palomares

Me fijé en ella una noche que no estaba borracho porque aún no había entrado al bar de Lou. Caminaba con desparpajo. Consiguió que mirase más allá del ala del sombrero por primera vez aquella semana. Vestía un abrigo de entretiempo de lana con los botones forrados que lo amarraban a su pecho durante el vaivén de tacones que hacía blandir las grandes solapas entre las ondas del cabello.

Lana Turner

Entró en el bar de Lou. Yo tardé unos minutos más, no quería que notase que ansiaba esquilmarle la humedad con la lengua.

—Buenas noches, Trevor, ya sé lo que me vas a preguntar.

—¿Quién es ella? Ponme un bourbon.

—Es Lana Cromwell, la nueva bailarina de Fostrot. Te advierto que acaba de dejar a su novio porque se emborrachaba casi todos los viernes.

—Está bien, entonces sírveme un Martini después del bourbon.

—De acuerdo, Trevor, sigue afrontando las situaciones con madurez.

—Sabes que en Alcohólicos Anónimos no sirven copas, Lou.

—Tampoco te ayuda el sarcasmo y no lo abandonas.

—Lou, no tengo un problema con el alcohol, sino con la vida. La felicidad es inestable y discontinua como la corriente de un circuito eléctrico que solo circula si existe una diferencia de potencial en los extremos. Y el alcohol disminuye la resistencia, por lo que aumenta la intensidad del disfrute. Solo se es feliz durante el paso de una situación a otra mejor, porque una vez alcanzada, se asimila como rutina. Si dejase de beber y decidiera no volarme la cabeza, tendría que buscar otro catalizador anímico y, créeme, no abundan los inocuos, la diversión reside en el límite de la responsabilidad.

—Trevor, puedes obtener esos cambios de estado mediante el aprendizaje, la música, el amor, etc.

—Claro, Lou, y también dedicándome a la cría de la rosa de pitiminí en restos arquitectónicos precolombinos.

—Destrúyete como te plazca.

—Velas mal por tu negocio, Lou.

—No creo que muerto puedas pagarme las copas.

—Acércame el diario, por favor.

—Toma, malnacido, viene repleto de desdicha.

Lana vivía en un apartamento del ensanche, aunque todos se referían a aquella zona como el barrio del Almendro porque tiempo ha había un ciprés. Cuando no bailaba Fostrot, se dedicaba a encabar sartenes para proteger su manicura del calor. En el bar de Lou se hacía llamar Celeste porque tenía cuerpo de estrella y la mayoría de las noches era lo único que se podía atisbar entre el humo de la atmósfera.

Sentir en la madurez una pulsión adolescente es poco habitual y hace levantar la guardia, suele tratarse de una mala interpretación de las señales o la voz de alarma que indica debilidad porque se atraviesa un mal momento. Sin embargo, es común ignorar este mecanismo de defensa y sucumbir al instinto con todo el equipaje, aun sin facturar.

Me limitaba a alternar noche y día en sentido inverso; cuando estaba despierto, la esperanza dormía y cuando dormía, la ansiedad estaba despierta.

Por alguna razón, ella se fijó en mí y salimos varias semanas.
Los contoneos nocturnos del abrigo de Lana me levantaron por las solapas del hundimiento, pero dejaron en evidencia mi impericia para hacer algo diferente a hibernar. Lana Cromwell era una mujer maravillosa con axilas de algodón, pero nada es más amargo que disfrutar de lo que se ansía en el momento inadecuado. Las arritmias anímicas provocan socavones en el calendario y exigen esfuerzos que descapitalizan la ilusión durante semanas, incrementan la factura de la licorería y acortan la vida del colchón. Por ese motivo guardo la ropa de entretiempo entre el reloj de cuco y el despertador.

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