En un autobús con asientos rojos

Francisco Javier Sánchez Palomares

En un autobús con asientos rojos viajaba una chica de labios gordos. No podía dejar de escucharla con los ojos.

Siempre me siento junto a la puerta de salida, lejos del conductor, para evitar que intente hablar conmigo. Las conversaciones con desconocidos necesitados de anuencia son aberrantes, más aún cuando se viaja con resaca.

Acababa de subir una mujer distraída con el pelo corto y concentrada en su vestido estampado de tirantes. Llevaba un bolso beige y unos pendientes largos que le llegaban al suelo de las orejas, como si quisiesen acariciarle el cuello.

Tenía el pelo limpio y todo el autobús vacío, pero se colocó delante de mí, de modo que me llegaba su imagen y su olor a talco. Traté de apartar mi atención de ella, pero era una tarea más inútil que intentar aclarar una pastilla de jabón frotándola con agua.

En este barrio, los domingos al amanecer solo viajan en autobús los que acuden a la iglesia y los que nos hemos equivocado. La chica no parecía ir a misa, a no ser que la petaca de la que bebía estuviese llena de agua bendita.

Tras botar ambos sobre el asiento al superar el noveno socavón de la avenida principal de la ciudad, la chica se giró, apoyó los antebrazos en el respaldo del asiento y me soltó con la petaca en la mano:

— ¿Usted va a la iglesia?

— No, siempre he pensado que el gran mérito de la Iglesia fue dotar de sentido positivo al concepto de eternidad.

— Y yo, que a menudo somos buenos solo por pereza.

— Maldita sea, señorita, deme un trago de esa petaca y déjese de cháchara.

La chica se sentó a mi lado y tras cada bache, dábamos un trago y tras cada trago, nos parecía más excitante el siguiente bache. Con cada sacudida se le conmovía la carne y a mí se me agitaba el pensamiento. Los tirantes del vestido estaban a punto de dejar de cumplir su función.

Debido al mal estado del asfalto, la bebida se acabó en seguida y fuimos a su casa porque era aficionada, como yo. Seguimos bebiendo para siempre, que no suele ser más de cuatro horas, pero en ausencia de socavones, tuvimos que zarandearnos nosotros mismos.

Cuando desperté, ella seguía durmiendo con una paz que no quise interrumpir, entre otras cosas porque no recordaba su nombre. Abrí un cajón de la mesilla para buscarlo, pero allí solo hallé sentimientos encontrados.

© Saul Leiter

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