Bogavante no hay más vino

Paco Sánchez

El marisco siempre fresco

El marisco siempre fresco

—He traído ajos de Villaconejos, Trevor —dijo con una ristra sobre el pecho.

—No esperaba menos, Susan.

—No estaba segura de si el arroz con bogavante llevaba cebolla.

—Según. En todo caso es mejor no echar mucha. Tengo una buena cebolla, muy dulce. Por cierto, ¿prefieres vino o cerveza mientras preparamos la comida?

—Ay, Trevor, se me olvidaba, ya que estaba por el Sureste madrileño he adquirido vino en Colmenar de Oreja, en una cooperativa muy agreste, mira qué garrafa de plástico traslúcido más estupenda. Me he dicho: ¡diablo, me voy a dar un capricho! Cinco litros.

—¿No será desabrido, Susan?

—No creo, la ingeriremos en su totalidad. Ya verás. ¿En qué te puedo ir echando una mano?

—Pélame la cebolla. Pero primero sirvamos un poco de vino. Voy a sacar dos copas.

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Ejecución sostenible

Paco Sánchez

sostenible

—Operadora, póngame con el 4772 de Roiston Street.

—Mick, soy Trévor. He localizado a un tipo, Johnny Korgan, alquila una nave en el 478 de Desmond Avenue.

—…

—Ahí no, frente a la comisaría, donde solías jugar al backgammon las noches sin luz con aquella pelirroja esposada al somier.

—…

—Quiere diez mil a la semana, tres meses por adelantado y quince días con los gastos pagados en el Sheraton de Calgary para él y para su prima.

—…

—¡¿Cómo diantres voy a saber para qué quieren ir a Canadá?! Tal vez sean cultos, no beban, o tengan conciencia ecológica. Ahora hay de todo por aquí fuera.

—…

—¡Ya sé que su prima no es su prima! ¿Qué cambia eso? ¿Crees que delante de su mujer me va a decir: me voy a Canadá a yacer con ayuda química tres veces al día con la secretaria tan eficiente que contraté hace dos años y que, además de sus múltiples habilidades, si exceptuamos la mecanografía, no se queja de mi disfunción eréctil mientras le pague la…

—…

—¡Demonios, Mick!

—…

—Sí, es caro. No creo que pueda bajarlo a menos de nueve mil, hay mucha demanda, ¿cuántos locales libres crees que hay en la ciudad con capacidad para mil personas, techos altos para que quepa la guillotina y licencia en vigor de ejecuciones? Exacto, sólo éste.

—…

—No, el viejo granero lo alquiló hace unas semanas Ted Isbert para sesión continua de garrote vil viernes, sábado y domingo. Además, regala palomitas con la entrada, así que no seas mezquino y vete pensando algo atractivo.

—…

—No, no podemos permitir fumar en el recinto, Mick, por dos motivos: primero, los federales nos retirarían la licencia de ejecuciones; segundo, habrá niños, ¿qué ejemplo les estaríamos dando? Por favor…

—…

¡Por el amor de Dios, Mick! ¡¿Cómo vamos a ejecutar al aire libre?! ¿Te has vuelto loco, acaso quieres que se constipe el reo? ¿Los ajusticiamos con una rebequita por los hombros? Se nos echarían encima las asociaciones de derechos humanos. Eso sin contar el condenado sindicato de verdugos del Medio Oeste. Tienes ideas de bombero retirado.

—…

—Claro, así es. Además, como era una piscifactoría, podemos aprovechar las instalaciones interiores para el asunto del reciclaje.

—…

—Sí Mick, lo de las morcillas, ¿no lo recuerdas?

—…

—Pero a este tipo no podemos liquidarlo antes de alquilar el local, recuerda lo que ocurrió con el propietario de la cancha de baloncesto. Lemin Brike lo aprovechó, nos birló el recinto y se está haciendo de oro programando ejecuciones de asesinos veganos en la silla eólica. Y ha construido un aparcamiento cubierto de placas solares para recargar las baterías de los coches eléctricos en los que llegan los espectadores a presenciar el ajusticiamento sostenible.

—…

—De acuerdo, Mick, yo me encargo. Saldrá bien. Mañana te llamo.

—…

—¿Problemas? No Mick, no tendremos problemas, vamos a trabajar con personas, no con animales.

 

 

Calamaro & Garfunkel

Paco Sánchez

Paul Simon se vestía de mujer de forma clandestina durante las ausencias cada vez más largas de Art Garfunkel. Se atusaba el pelo lacio y lo sujetaba con una horquilla hacia un lado. Remataba su peinado con un tocado de tul ribeteado de encaje negro que le otorgaba un aspecto de viuda prematura con maquillaje saturado. La alegría de vivir emulsionó con la rutina y hacía tiempo que no se encontraba en su salsa. Aún así, todas las mañanas ordenaba y limpiaba la casa. A pesar de lo que puedan imaginar, era un hogar modesto, enmoquetado del color de los sonotone. La cocina estaba separada del salón por un tabique incompleto, sin puerta. La estancia resultante no superaba los treinta metros cuadrados. Frente a una vieja Telefunken en color, se disponía una mesa baja que podía elevarse y doblar su tamaño mediante sencillos mecanismos explicables por la Física elemental. Gracias a un virtuoso tapete de ganchillo, se ocultaba el tinte sapelly que la pigmentaba. Paralelo a la mesa había un sofá de tres plazas flanqueado por dos sillones monotemáticos. La tonalidad del conjunto era similar a la de los audífonos, pero enriquecida con estampados florales de baja definición color salmón.

Paul solía comenzar a beber vino De Muller Dulce Superior sobre las doce del mediodía, antes de limpiar su bikini de Princesa Leia y después de aspirar el polvo. Aquello le provocaba un comportamiento errático vespertino. Se ataba el mandil a la espalda y comenzaba a preparar aperitivos y bebidas como si fuese a celebrar la típica fiesta de diecisiete personas. Llenaba los cuencos de barro de aceitunas, banderillas picantes, pistachos cerrados y castañas pilongas. Los diseminaba en forma de hache intercalada sobre el tapete de la mesa y se sentaba en una pequeña mecedora que había junto a la ventana. Se balanceaba con las manos perdidas y la mirada cruzada sobre el pecho durante horas.

Con suerte, Art Garfunkel llegaba antes de que Paul Simon se hubiese dormido. Aquel viernes llegó el sábado de madrugada:

—¿Qué horas son estas de llegar? ¿De dónde venís, boludo?

—Tranquilo, machote, no te me vengas arriba a ver si te voy a tener que dar otro cate. Vengo de Madrid, de disfrutar del concierto de Andrés Calamaro. Tienes que entender que el autobús nocturno que une Madrid con Queens no tarde cinco minutos.

—Cada vez te preocupás menos por nuestro dúo.  Me tenés esclavizado. Tengo que planchar, fregar, componer las canciones, buscar conciertos… Pero luego bien que querés la plata.

—Alto ahí, listillo. Llevo años aguantando tu superioridad, ¡quieres hacer el favor de no clavarme tus puñales por la espalda! Me tienes humillado de forma constante, tengo que sacar fuerzas de flaqueza para construir mi propio puente sobre aguas turbulentas. Además, para tu información, he ido a España a buscar ideas, loco, ciclotímico.

—¿Y qué ideas conseguiste, donjuán de pelo africano, Robinson Crusoe musical?

—El tipo sale inmaculado, vestido como un personaje de Scorsese. Muy educado. La banda está compuesta por un pianista, un percusionista y un contrabajo. Exquisitos. El público cayó rendido al instante y cantó todo el repertorio con el artista. Avanzado el espectáculo, Andrés se acercó al percusionista Martín y ambos desplegaron un repertorio de juegos de palabras mucho mejores que tus letras pseudointelectuales. Trató con humor la querencia herbívora de Sir Paul McCartney y continuó el show. Tuvieron que volver varias veces al escenario porque el público les reclamaba y les aclamaba. Fue grandioso, un triunfo rotundo.

—¡Vos lo que sos…

Dicho esto, Garfunkel se dio media vuelta y no dejó terminar la frase a su compañero. Sacó una cerveza de la nevera y se sentó frente a la Telefunken. Simon rasgó con rabia el tapizado del reposabrazos de la mecedora hasta deshilacharlo y tocar el sonido del silencio.

Calamaro

Te regalo una multa

Paco Sánchez

 

Para ti en tu cumpleaños

Te regalo una fruta

Para ti en tu cumpleaños

Te regalo una llamada sin pulpa

Para ti en tu cumpleaños

Te regalo una lupa

Para ti en tu cumpleaños

Te regalo una ventana sin juntas

Para ti en tu cumpleaños

Te regalo la tundra

Para ti en tu cumpleaños

Te regalo una mochila sin culpas

Para ti en tu cumpleaños

Te regalo una fusa

Para ti en tu cumpleaños

Te regalo un estribillo sin burla

Para ti en tu cumpleaños

Te regalo una multa

multa

El tercer cajón de la cocina

Paco Sánchez

No tenía mucho ánimo. Decidí buscar un poco en el tercer cajón de la cocina. Allí encontré media bolsa. Suficiente. No era mi casa, pero sabía lo que contenían todos los terceros cajones de las cocinas; pilas gastadas, la garantía amarillenta de una lavadora, velas de cumpleaños medio consumidas, un sobre de té, dos anhelos, tres olvidos y cuatro mecheros sin gas. Añoraba los tiempos en los que la rueda de los encendedores era redonda, no escalonada con torpeza por una actriz de Hollywood sin bragas con escasas habilidades alfareras. Guardar solo mecheros que no prenden conlleva tener cerillas junto a ellos. Me encendí un cigarrillo con una de esas que traen más fósforo del habitual. Sonreí. Seguí rebuscando en el cajón. Bajo un gancho sin desempaquetar para colgar delantales, hallé una llave de coche de plástico codificada de la misma marca que el mío. Recordé aquel viaje a la muralla; aún desconocíamos que a nuestro matrimonio le quedaban apenas ciento sesenta mil kilómetros.
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Cogí un filtro de café y preparé dos tazas que acompañé con varios medicamentos caducados. Sonaba Jacques Brel en el piso de al lado y ella no se había levantado. Tal vez porque no habíamos quedado y tampoco era su hogar. Pequeños detalles que no conseguía controlar.

Las cortinas me evocaron aquel mes que pasamos en la cama antes de conocernos. Sus pezones me rozaban la cara cada vez que se giraba sobre mí para coger el cenicero de la mesilla. El dulce sudor que desprendían al morderlos suplía cualquier necesidad material. Me serví una copa.

Cuando terminó de no ocurrir nada, salí de allí. La próxima vez la llamaría antes, no se puede confiar en encontrar a una rubia en el decadente reducto de hipocresía del tercer cajón de la cocina.

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Publicado en El Reverso

Dos cuarentañeras sin catar la leche entera

Paco Sánchez

Dos cuarentañeras sin catar la leche entera están hablando en la mesa del fondo. Al parecer comentan los preparativos del cumpleaños de la hija de una de ellas, una menor de diez años. La madre emisora de planes gesticula de forma notable, no tiene suficiente con el lenguaje oral, a su pesar, ni se desprende del iPhone, el cual ha utilizado ya para tomar la esferificación de milhoja de rúcula y remover el té rooibos sin gluten añadido. La receptora del proyecto escucha ano nadada; sostiene la barbilla con las manos y los codos apoyados a ambos lados del iPad inclinado sobre su funda enrollable que descansa en la mesa con el blog de Sara Carbonero en pantalla arrojando conocimiento sobre la humanidad.

cuarentañeras

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