Timidez

Paco Sánchez- 12 de julio de 2014

Me ducho a conciencia, como cada mañana, aunque no sea necesario. Me lavo con un silencioso esmero, como si alguien me fuese a examinar después. Siento que, de no hacerlo así, ocurrirá una desgracia o un hecho maravillosamente inoportuno que sacará a la luz mi desidia. De modo que siempre voy impecable, con el alma llena de una felicidad que no sabe  cómo salir. En el fondo tengo el íntimo deseo de que una chica se acerque a mí y, aunque no lo sepa todavía, se dé cuenta de ello al instante.timidez

Voy a salir ya, he quedado con un amigo a las siete para tomar unas cervezas. Aun es pronto, pero iré dando un paseo. Abro todas las cerraduras, comienzo a girar el picaporte… ¡un momento! hay alguien en el portal, no me atrevo a salir. Me quedo inmóvil haciendo un escorzo; con el oído interno sudando sangre para mantenerme en pie. Contengo la respiración, transpiro y estoy cohibido, pensando que, si hago ruido y lo oyen fuera, van a saber que estoy dentro,dentro de mi propia casa. Una vez pasado el peligro, salgo al portal, bajo las escaleras, oigo cerrarse una puerta en el piso de arriba y acelero el paso para no encontrarme con nadie. ¡Mierda! No recuerdo si he echado la llave. Mejor no vuelvo, que roben si quieren, no vaya a ser que me haya visto alguien salir y, si entro otra vez, se vaya a pensar que soy un ridículo.

Comienzo a caminar, la canción “She’s electric” de Oasis está nadando en mi cerebro. Estoy convencido de que este tema germinó a partir del “Wonderboy” de los Kinks. Voy mecanografiando con los dedos la canción y…

–¡Haber si miras por donde bas, surnormal!
–Perdón, perdón…

¡Qué susceptible es la gente! Acepto que voy distraído y no la he visto, pero ese lenguaje, ese empujón, esas formas… De todos modos no se puede esperar más de alguien como ella, no descarto ni siquiera la consanguinidad. Me la imagino despotricando en la escuela, preguntándose que para qué servían las matemáticas, o la lengua, aunque probablemente la lengua no sea el ejemplo más correcto, de no tener conocimientos de lengua no habría sobrevivido. Pues para qué van a servir, para enseñarte a pensar, a ser una persona crítica, a ser libre y no ser una marioneta esclava, un puto anuncio andante de todas las marcas, modas y actitudes grotescas con las que nos bombardean día y noche.

Así, perdido en mis teorías peregrinas, llego al bar. Aún no son las siete. Nunca hemos venido a este bar. Me acerco a la barra intentando no molestar a ningún parroquiano de los que ya están allí y, con timidez, levanto un poco la manita para llamar la atención del camarero de una forma leve e irrisoria.

–Una cerveza, por favor  – murmuro.
–¡Qué dices, chaval? ¡Habla alto, coño!
–Que digo que una cerveza.

Ya ha conseguido ponerme rojo, lo último que quiero es llamar la atención y me ha mirado todo el bar. Hay varias mesas libres, pero me siento con mi cerveza en el rincón más apartado y me quedo observando, intentando no mirar a nadie de forma descarada, no vayan a pensar que les miro por algo. Al fondo a la izquierda hay un apuesto baboso con una inocente chica, un poco cortita, que es todo dulzura. Me aterra imaginar lo que dicen sus ojos clavados en ella. En la esquina de la barra está el cuerpo de un obeso recién jubilado que no soporta a su mujer. Su mente no está. Sin trabajar, no sabe relacionar su nuevo espacio con el tiempo libre y no se adapta a la velocidad que ha tomado su vida. A su lado hay… Por fin viene mi amigo.

–¡Qué pasa, artista!
–¡Ya ves, figura!
–Veo que no pierdes el tiempo, ya te has bebido una. ¿Habrá que pedir otras dos, que vengo hasta las narices de currar?
–O tres, jajaja. No te preocupes voy a pedir yo, pero vamos a ponernos más cerca de la barra, ¿no?, que aquí apartados es un aburrimiento. Es que cuando he llegado solo había esta mesa –miento a mi amigo con rotundidad, ocultando mi vergüenza patológica y, apoyado en la confianza que me da su compañía, me armo de valor para pedir.
–¡Jefe, póngame dos cervezas bien frías, como si fueran pa’usté! ¡Y no se le olvide la tapita!

Nos tomamos varias rondas, nos despedimos y salimos del bar, cada uno hacia nuestra casa.   Al salir vuelvo a poner el piloto automático, ahora es “Wouldn’t it be nice” de los Beach Boys la canción que ha okupado mi cabeza. Siempre he pensado que…

–¡Ay! Perdona chico, no te he visto. Lo siento, te he puesto perdido de café.
–No, no, discúlpame a mí, ¿estás bien, te has hecho daño?
–No, no, estoy bien, gracias. Déjame que te limpie…
–No te preocupes, vivo ahí enfrente, un poco antes de la emisora de radio. Ahora me ducho y lavo la camisa en casa.
–Que sí, no seas tonto. A ver, te he manchado aquí en el cuello y aquí… Uy, qué bien hueles…
–Jeje, es el nuevo perfume de Fernando Gutiérrez.
–Lo sé, es mi preferido. Es una lástima que estés lleno de café, ya que el mío se ha caído, me habría gustado que nos tomásemos uno en esta terraza y charláramos un rato.
–Vente a casa. He hecho café para siempre.

Vía Letras Inquietas

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