Devastación

Francisco Javier Sánchez Palomares

Publicado en el blog de Carmen Álvarez Vela

Soy Trevor Miles. Varón, mediana edad, estatura lógica, peso frecuente, 6,6 KW, trifásico, atractivo, con cierta inclinación al alcohol y a la medicación, buscavidas, cínico, ciclotímico, frívolo y melómano.

Vivo en una ciudad del Medio Oeste con todas las perversiones y lacras que hacen que valga la pena. El río Morna divide la mitad más sórdida de la más mezquina. Por lo demás, es como cualquier otro lugar, con escasa actividad sísmica y la ausencia casi completa de dinosaurios.

Hacía diez años me habían despedido de mi último empleo legal. En aquella época empezaba a sospecharlo, pero aún no tenía la certeza de estar equivocado casi por completo y ahora lo recordaba mientras conducía de vuelta a otra casa prestada en un coche que no era mío. La caída fue muy larga, por lo que la recuperación estaba siendo dura, lo único que a veces infundía calma era la ausencia de solución y de futuro. La vulnerabilidad se ceba con crueldad y se presenta muchos días sin avisar tras haber disfrutado de un magnífico desayuno. No importa si has tomado o no zumo de naranja recién exprimido. La salida aparece y desaparece en función del flujo de serotonina. Y de las croquetas. Aunque a largo plazo el exceso químico es tan útil para luchar contra la devastación interior como el fuego para apagar el agua hirviendo.

A menudo estos pensamientos se interrumpen con palabras inconexas desembuchadas a modo de queja o desagravio, acaparando miradas condescendientes cuando ocurre en público. También se intenta perder todo por un tiempo, pero la congoja siempre te encuentra. Los pequeños salientes de una pared escarpada se convierten en cómodos colchones donde descansar con un plácida tranquilidad obligada. Localizador impenitente de paraísos minúsculos en los recovecos de la realidad granítica, procuro beberme la amistad sin azúcar ni resentimiento, porque al fin y al cabo, los callos, si son con garbanzos, además de curtir, alegran el espíritu. La brillantez desaprovechada se convierte en artificio, se lleva por delante el esfuerzo constante y termina por derrumbar el andamiaje vital. Solo es posible la felicidad con la verdad fuera del armario, lejos de la naftalina.

Estaba pensando transcribir a papel tales deyecciones cuando me detuve en seco para que unos ojos cruzasen el paso de peatones. Unos de esos ojos cómplices. Sin proponérmelo, me había escapado de todo aquello durante unos segundos. Esta vez tampoco ocurrió nada, pero entonces me acordé de aquella frase de Víctor Hugo: «el amor es un ardiente olvido de todo».

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