Aunque no te lo diga

Francisco Javier Sánchez Palomares

—Tú eres lo más lindo de mi vida, aunque no te lo diga.

—Pepa, yo también estoy contento por el éxito de tu operación de corazón, pero el sol del Mediterráneo te está afectando. Además, eres muda, es lógico que no me lo digas. Anda, huele las flores que te comprado, desagradecida.

—Que sea muda no es óbice para que no pueda hablarte. No me discrimines, Trevor. Como sigas así me marcho.

—Entonces todas las promesas de mi amor se irán contigo.

Las discusiones continúan, Trevor nunca aceptó que Pepa, muda de nacimiento, le hablase cuando le viniese en gana. Hasta que ella lo abandona por un sordo que le tolera sus excesos verbales y su terquedad. Acto seguido, Trevor vuela al Ártico a sexar pingüinos, pero regresa pronto porque allí no hay ninguno. Maldita dislexia. Quiere un trabajo tranquilo, logra que le contraten en la ortopedia Remedios Cervantes, sita bajo su domicilio. Allí conoce a una chica sin piernas de la cual se enamora. Le fabrica unas prótesis ex profeso a partir de unas paletas de repartir macarrones gratinados. Tienen una relación maravillosa que incluso les permite acudir a Ikea sin discutir, pero ella comienza a practicar atletismo, se convierte en plusmarquista paraolímpica y él decide dejarla por temor a que le mate de un disparo de escopeta una noche confusa.

El noviazgo de Pepa dura hasta que su pareja se compra un sonotone a plazos y recupera la audición por fascículos. Ella se introduce en una espiral nihilista, conoce a Valerio Lazarov y ambos emigran a la Isla de Pascua a vender cabras. No logran comprender las causas, pero el negocio no funciona y la pareja se disuelve. Una vez que Pepa vuelve a encarnarse, inicia una gira acústica por el archipiélago balear con Lisa Kudrow en la que interpretan éxitos de la década de los noventa como Polly y Smelly cat. A final de temporada, una serie de desavenencias hacen que dejen de ser amigas.

Una noche de enero, Trevor entra en el tablao de Curro. Se sienta en la silla de madera y deja sobre la mesa su porrón y su pompero. Apenas da el primer trago de vino descubre que a un palmo está Pepa. Come unos huevos estrellados sin ningún papanatas. Él la mira. Observa que rezuma astringencia. Le roza el hombro con un requiebro, ella se gira, sonríe, se besan y Trevor le susurra:

—Ay, mi amor, sin ti mi cama es ancha.

—Te quiero, Trevor, aunque no te lo diga.

PEPAFLORES
Pepa Flores

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