Devastación

Paco Sánchez

El recorrido no estaba optimizado, pero no competíamos ni siquiera contra nosotros mismos, de modo que llevamos a un horno de Brieva el cordero degollado, fuimos a Turégano a contemplar el castillo con cerveza y, una vez asado el ternasco, lo comimos en Adrada de Pirón. Por la noche coincidían las lágrimas de San Lorenzo con la clausura de unos Juegos Olímpicos, dos acontecimientos que me importaban menos que las milésimas de segundo que iba desfasado el reloj de pulsera que perdí. No había opción mejor, como es habitual, que centrarse en el vino y en la carne. La hospitalidad propició la tarea y di rienda suelta al instinto. En el éxtasis, el alcohol mancilla la inquietud sin necesidad de llegar a la hora del café. Después se olvida lo aprendido y se intenta escalar el inevitable declive. No importa cuánto se luche, siempre se pierde. Y las consecuencias son peores cuánta más resistencia se ejerza. Quizá por esa razón la consciencia a veces se ausente avergonzada.

En aquella época empezaba a sospecharlo, pero aún no tenía la certeza de estar equivocado casi por completo y ahora lo recordaba mientras conducía de vuelta a otra casa prestada en un coche que no era mío. La caída fue muy larga, por lo que la recuperación estaba siendo dura, lo único que a veces infundía calma era la ausencia de solución y de futuro. La vulnerabilidad se ceba con crueldad y se presenta muchos días sin avisar tras haber disfrutado de un magnífico desayuno. No importa si has tomado o no zumo de naranja recién exprimido. La salida aparece y desaparece en función del flujo de serotonina. Y de las croquetas. Aunque a largo plazo el exceso químico es tan útil para luchar contra la devastación interior como el fuego para apagar el agua hirviendo

A menudo estos pensamientos se interrumpen con palabras inconexas desembuchadas a modo de queja o desagravio, acaparando miradas condescendientes cuando ocurre en público. También se intenta perder todo por un tiempo, pero la congoja siempre te encuentra. Los pequeños salientes de una pared escarpada se convierten en cómodos colchones donde descansar con un plácida tranquilidad obligada. Localizador impenitente de minúsculos paraísos en los recovecos de la granítica realidad, procuro beberme la amistad sin azúcar ni resentimiento, porque al fin y al cabo los callos, si son con garbanzos, además de curtir, alegran el espíritu. La brillantez desaprovechada se convierte en artificio, se lleva por delante el esfuerzo constante y termina por derrumbar el andamiaje vital. Solo es posible la felicidad con la verdad fuera del armario, lejos de la naftalina.

Estaba pensando transcribir en papel tales deyecciones cuando me detuve en seco para que unos ojos cruzasen el paso de peatones. Unos de esos escasos ojos cómplices. Sin proponérmelo, me había escapado de todo aquello durante unos segundos. Esta vez tampoco ocurrió nada, pero entonces me acordé de dos cosas que había leído por la mañana; la primera sobre la relación que existe en Valencia entre el día mundial del pulpo y los enamorados y la segunda aquella frase de Víctor Hugo: “el amor es un ardiente olvido de todo”.

©Paco Sánchez. Todos los torcidos reservados.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s