Rick’s drugs

Paco Sánchez

Rick demandó a la vieja Lufthansa por no permitirle viajar con su dobergman Ingrid en aquel vuelo de película que le sacó de Casablanca. La perra tuvo que quedarse con el gimnasta olímpico sin centelleo amatorio. Del pleito a la compañía se encargó un Antonio García-Trevijano —aún adolescente—, que pululaba por Estoril a la espera de florecer y coexistir en espacio y tiempo con don Juan de Borbón.

—Rick, es poco probable que la reclamación prospere.

—No voy a perder a esa perra por segunda vez, Antonio. Ya tuve que hacerme argentino para huir de los nazis y no quiero otro revés.

—Tenga en cuenta que faltan años para que el movimiento animalista cobre fuerza, las perras aún no tienen derechos. Lo único útil que usted conserva es el alcoholismo.

Rick esperó la resolución judicial con calma. Se matriculó en la Universidad de Coímbra porque la que visitó en Lisboa no estaba Aberta. Como fue de madrugada, la única titulación disponible era una licenciatura de seis años en vinho verde que apenas tardó 12 en concluir. De aquella etapa no conservó un mal recuerdo. Ni bueno. Solo un dejo seco muy grato.

Noventa y seis meses después de estas correrías, Rick recibió una llamada de García-Trevijano:

—Rick, al anochecer en el Velha Senhora.

Hacía dos décadas que no se veían, pero seguían andando erguidos y conservaban el pulgar oponible, por lo que no les costó reconocerse.

—Hable, Antonio.

—He conseguido una indemnización de veinte millones de escudos.

—¡Por todas las Termópilas!

—Usted es un hombre con experiencia, de hecho, fuera de esta historia, llevaría cinco años muerto, pero sea prudente, es mucha plata junta. — A García-Trevijano se le iluminó el rostro y sin dejar de repetir Platajunta, Platajunta tomó el primer avión que salió al Madrid de 1976.

Rick no pudo llenar el hueco dejado por aquella perra, pero se compró un espacioso R4 en el que pudo montar a muchas más. Cubrió los asientos con jarapas y colocó un tapete en el salpicadero. Incluso mandó instalar un aparato de radio Marconi RA-121 muy mono.

Como había adoptado la argentinidad y veinte años es nada, montó en su flamante vehículo y agarró el ferry de las siete a New Jersey con una rebequita sobre los hombros. Por si refrescaba, para no tener febril la mirada.

Nada más atracar en New Jersey se sitió protegido y montó una sastrería. A pesar de invertir en el negocio hasta el último escudo, no pudo defenderse de la competencia local y de su absoluto desconocimiento en la materia. A los pocos meses quebró y se vio obligado a vender el Renault 4. Por suerte los americanos no estaban acostumbrados a un coche sin puertas de madera y con cambio manual, por lo que lo adquirió un empresario circense por una fortuna.

Una noche, maldiciendo frente a una botella en una bolera barroca, recordó aquella conversación con el Mayor Strasser en Casablanca:

—¿Cuál es su nacionalidad?

Soy borracho.

Esa madrugada no pudo evitar perder de nuevo el conocimiento, pero una vez repuesto, a la semana siguiente, pensó en ello. Analizó el mercado del alcohol en New Jersey y concluyó que estaba saturado. Descartó abrir un establecimiento de este tipo, pero acto seguido pensó que lo más parecido al alcohol eran las drogas.

En dos meses inauguró una droguería, Rick’s drugs, en la calle con más postes telefónicos de la ciudad. Al amparo de una luna verde, hizo fortuna cubriendo las necesidades básicas de la sociedad estadounidense y pudo comprar uno de esos Volkswagen Escarabajo apenas meses antes de que triunfaran en Liverpool.

 

© Joel Meyerowitz, Dusk, New Jersey 1978

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