Adolfo Suárez, TRX y pollo en pepitoria

Paco Sánchez

Hoy he asistido a mi primera clase de TRX y no guarda relación con los dinosaurios.

Decidí apuntarme a un gimnasio tras casi veinte años de sedentarismo solo interrumpido para salir de fiesta. Después de unos meses haciendo ejercicio por mi cuenta, me animé a ir a una clase con monitor. Había muchas y me fijé en la que más desconocía: TRX. Una buena persona con formación superior y conocimientos deportivos me explicó de qué se trataba y terminó de animarme a probar. Investigué un poco más en internet y vi que se trataba de un ejercicio surgido poco antes de la Guerra Civil Española. Tras la sanjurjada de 1932, los carlistas se especializaron en la guerra con submarinos y en 1936 disponían de seis ejemplares que ya buceaban con primor; cinco marrón metralla y uno amarillo, por si había que llamar la atención o luchar contra carpas gigantes del Japón.

El problema de flotabilidad lo resolvieron enseguida, pero el espacio interior de esas máquinas de guerra es ínfimo y los soldados se atocinaban al no poder ejercitarse. Hasta que a Gabino Diego —habíase encasquillado allí tras rodar una película con Trueba— se le ocurrió cortar las cinchas de un paracaídas y anclarlas al techo del submarino para poder suspenderse de ellas y, mediante distintos ejercicios, ponerse fuerte y sano como el pito de un marrano. Franco prohibe la práctica del TRX en 1939 para evitar contubernios judeo-masónico-comunistas. Fueron años de clandestinidad. Hordas de practicantes y algún que otro oftalmólogo acudían de noche a cualquier submarino de los cientos que se abandonaron por las esquinas tras la guerra, y entraban valiéndose de contraseñas dichas en hebreo. Gracias a la presión popular y a instancias de López Rodó, los tecnócratas vuelven a legalizar su praxis en 1962. Por aquella época despuntaba un joven seductor llamado Adolfo Suárez que oyó hablar de este deporte por boca de su jefe, Herrero Tejedor. En 1976 Suárez ya estaba más fuerte que Chuck Norris, y entre él y Torcuato Fernández Miranda propinaron una paliza a Manuel Fraga. El nuevo Jefe del Estado, el rey Juan Carlos I, premió a Adolfo con la presidencia del Gobierno, aunque solo hasta que se reinstaurarse la mierda esa de votar.

Con toda esta historia en la cabeza y dos horas después de apretarme plato y medio de pollo en pepitoria, entro al gimnasio y pregunto en recepción qué tengo que hacer para ir a una clase. Me atiende la persona más agradable del grupo de trabajadores, me acompaña a una maquinita y reservo mi actividad. El artefacto escupe un papelito del tamaño de un filtro de cigarrillo desenrollado. Voy con tiempo y caliento en la bicicleta elíptica unos minutos. Comienzo la clase bien calentito sin olvidar comunicar al monitor que soy principiante. El monitor no es Rajoy ni una pantalla de plasma, sino un apolíneo varón. Miro alrededor y veo que hay otras seis mujeres en la clase: cuatro antiestéticas, una enfadada y una guapísima que me mira con desprecio pese a mis pensamientos lujuriosos. Comienzo a suspenderme del TRX fijado al techo. Sigo las indicaciones del adonis. Parece sencillo. Pasan los minutos. Y una leche. El esfuerzo es intenso, el pollo recorre el camino en sentido inverso. Palidezco. Marcho al baño con premura. Arrojo. Regreso. El monitor se interesa por mi mareo. Continúo con el ejercicio del mismo modo que se sigue bebiendo tras sufrir un percance de este tipo. Algunos ejercicios me cuestan y sudo a raudales. Por fin acaba. Algo grogui me ducho y salgo bello del gimnasio bebiendo un refresco reparador.

TRX-side-plank3

A pesar de las presiones sufridas por el suegro de Gallardón, Utrera Molina, me he propuesto seguir acudiendo a clases de TRX y culminar mi propia Transición de la dictadura del tocino triste a la democracia del músculo jubiloso.

3 pensamientos en “Adolfo Suárez, TRX y pollo en pepitoria

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