Alunizaje nacional

Paco Sánchez

 

nacional

—¡Orden, señores! ¡Orden, orden! Guarden silencio que les voy a explicar el… ¡Ciges, súbase los pantalones in-me-dia-ta-men-te!

—Sí, sí, es que estos hijos de puta me han sacado de la cama para venir aquí, y si no me toco antes doce del mediodía me paso todo el día tartamudeando.

—Como iba diciendo, les voy a contar el motivo de esta reunión de alto secreto: el presidente del Gobierno, don Fernando Fernán Gómez se ha propuesto ir a la Luna. Como está seguro de que los americanos nunca llegaron y fue todo un montaje dirigido por Stanley Kubrick, me ha encargado la selección del elenco que rodará el alunizaje patrio y así no ser menos que ellos.

—¡¿Es que no nos van a dar ni un puto café antes de empezar con la milonga del viajecito?!

—Agustín, por favor, cálmese. Cualquier día le da un infarto.

—Estoy hasta las narices, José Luis. Además, seguro que quieren que haga de cura.

—Tran-qui-li-dad, Agustín, tran-qui-li-dad. Ahora mismo pido que nos traigan unos cafés.

—¡Señorito! La junta de la cafetera está rota.

Escolti, casualmente soy representante de Cafeteras Capdevilla, una empresa familiar muy honrada. Le dejo mi tarjeta y mire usted a ver si puede interceder para conseguir un contrato con el ministerio.

—Por el amor de Dios, Saza, no deja pasar usted una. Ande, calle y escuche.

—Que digo yo, que ya que Saza es vendedor…

—Representante, Chus, representante.

—Bueno, representante. Pues que ya que es representante de cafeteras, seguro que lleva alguna de muestra en el maletero del coche. Que nos prepare un café y nos hacemos una idea del producto. Además, yo me levanto con unas psicopatías terribles, y hasta que no tomo una taza de café, no soy mujer completa.

—Está bien. Saza, vaya preparando café mientras continúo.

—Oiga, ¿el café lo tengo que poner yo también?

—No sea tacaño, leñe. En fin, a ver si puedo seguir. Les informo que el director del alunizaje será nuestro amigo Luis García Berlanga y que…

—¡Otra vez ese comunista!

—Señor Galiardo, modérese. Y deje el coñac un momentito. ¡Ciges, váyase al baño, de-ge-ne-ra-do!

—Si el señor Galiardo tiene un papel más grande que el mío, no actúo. Y os denuncio al sindicato.

—Sacristán, por favor, no empiece otra pataleta bolchevique. Continúo, señores. El guion ya está escrito, por Azcona, por supuesto. Bien, parece que con esto no hay discrepancias. Pero… ¡qué narices hacen aquí esas gallinas!

—Coño, José Luis, qué quieres que haga, no tenía con quién dejarlas, en casa solo está mi mujer, esa arpía es capaz de robarme todos los huevos de la puesta si las dejo allí.

—Agustín, no me haga medirle el perímetro de la cabeza. No está usted en su sano juicio. Saza, ¿le queda mucho a esa cafetera?

—He buscado en el coche, pero no he traído café, ¿hay por aquí en algún sitio?

—Mire a ver en aquel armario, el que está junto a la estantería del señor Escobar.

—Aprovecho que me nombra, insignificante José Luis, para preguntarle si habrá putas gratis durante el rodaje. porque si no hay putas, no le hago a mi mujer que me saque de la finca.

—A su edad, don Luis Escobar…

—¡Oiga, no encuentro el café! ¿Es por aquí?

—No, a la derecha, a la derecha, no tanto, un poco a la izquierda.

—Osti tu, ¡pero si son pelos de coño otra vez!

Mis días con Jacqueline

Paco Sánchez

Esta es la historia de un fracaso, de mi fracaso con Jacqueline Bisset.

bisset

Corría el año 67, yo salía del casino Royale con un traje de rayas y la billetera vacía. Levanté la mano con intención de parar un taxi para luego no pagarlo y entonces apareció ella, a cámara lenta, con el pelo secado al aire y derramándome media sonrisa. Cuando me repuse de aquello eran las navidades del 71 y tenía un buen empleo. Yo tampoco lograba explicármelo, al parecer era ejecutivo en una empresa de cosméticos y había vuelto a toparme con ella. No solo a toparme con ella, éramos pareja. Sigue leyendo