Calamaro & Garfunkel

Paco Sánchez

Paul Simon se vestía de mujer de forma clandestina durante las ausencias cada vez más largas de Art Garfunkel. Se atusaba el pelo lacio y lo sujetaba con una horquilla hacia un lado. Remataba su peinado con un tocado de tul ribeteado de encaje negro que le otorgaba un aspecto de viuda prematura con maquillaje saturado. La alegría de vivir emulsionó con la rutina y hacía tiempo que no se encontraba en su salsa. Aún así, todas las mañanas ordenaba y limpiaba la casa. A pesar de lo que puedan imaginar, era un hogar modesto, enmoquetado en toffe. La cocina estaba separada del salón por un tabique incompleto, sin puerta. La estancia resultante no superaba los treinta metros cuadrados. Frente a una vieja Telefunken en color, se disponía una mesa baja que podía elevarse y doblar su tamaño mediante sencillos mecanismos explicables por la Física elemental. Gracias a un virtuoso tapete de ganchillo, se ocultaba el tinte sapelly que la pigmentaba. Paralelo a la mesa había un sofá de tres plazas flanqueado por dos sillones monotemáticos. La tonalidad del conjunto era similar a la de los audífonos, pero enriquecida con estampados florales de baja definición color salmón.

Paul solía comenzar a beber vino De Muller Dulce Superior sobre las doce del mediodía, antes de limpiar su bikini de Princesa Leia y después de aspirar el polvo. Aquello le provocaba un comportamiento errático vespertino. Se ataba el mandil a la espalda y comenzaba a preparar aperitivos y bebidas como si fuese a celebrar la típica fiesta de diecisiete personas. Llenaba los cuencos de barro de aceitunas, banderillas picantes, pistachos cerrados y castañas pilongas. Los diseminaba en forma de hache intercalada sobre el tapete de la mesa y se sentaba en una pequeña mecedora que había junto a la ventana. Se balanceaba con las manos perdidas y la mirada cruzada sobre el pecho durante horas.

Con suerte, Art Garfunkel llegaba antes de que Paul Simon se hubiese dormido. Aquel viernes llegó el sábado de madrugada:

—¿Qué horas son estas de llegar? ¿De dónde venís, boludo?

—Tranquilo, machote, no te me vengas arriba a ver si te voy a tener que dar otro cate. Vengo de Madrid, de disfrutar del concierto de Andrés Calamaro. Tienes que entender que el autobús nocturno que une Madrid con Queens no tarde cinco minutos.

—Cada vez te preocupás menos por nuestro dúo.  Me tenés esclavizado. Tengo que planchar, fregar, componer las canciones, buscar conciertos… Pero luego bien que querés la plata.

—Alto ahí, listillo. Llevo años aguantando tu superioridad, ¡quieres hacer el favor de no clavarme tus puñales por la espalda! Me tienes humillado de forma constante, tengo que sacar fuerzas de flaqueza para construir mi propio puente sobre aguas turbulentas. Además, para tu información, he ido a España a buscar ideas, loco, ciclotímico.

—¿Y qué ideas conseguiste, donjuán de pelo africano, Robinson Crusoe musical?

—El tipo sale inmaculado, vestido como un personaje de Scorsese. Muy educado. La banda está compuesta por un pianista, un percusionista y un contrabajo. Exquisitos. El público cayó rendido al instante y cantó todo el repertorio con el artista. Avanzado el espectáculo, Andrés se acercó al percusionista Martín y ambos desplegaron un repertorio de juegos de palabras mucho mejores que tus letras pseudointelectuales. Trató con humor la querencia herbívora de Sir Paul McCartney y continuó el show. Tuvieron que volver varias veces al escenario porque el público les reclamaba y les aclamaba. Fue grandioso, un triunfo rotundo.

—¡Vos lo que sos…

Dicho esto, Garfunkel se dio media vuelta y no dejó terminar la frase a su compañero. Sacó una cerveza de la nevera y se sentó frente a la Telefunken. Simon rasgó con rabia el tapizado del reposabrazos de la mecedora hasta deshilacharlo y tocar el sonido del silencio.

Calamaro

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