El retrato DeLorean Express

Paco Sánchez – 16 de junio de 2015

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Nazco en un lapsus histórico democrático, pero no constitucional. Mi vida transcurre sin incidencias hasta el 8 de agosto de 1986. Tengo 8 años. Disfrutamos de nuestras vacaciones en la playa de La Manga del Mar Menor y decido ir a buscar ostras y almejas con mis gafas de bucear, mi tubito de respirar y mi bolsa de almacenar; sin avisar a mi madre, a lo hondo, que en tan particular litoral es a unos 8 millones de Kilómetros de la orilla, dada la poca profundidad existente. Al volver, y a pesar de los cuantiosos moluscos bivalvos capturados, mi madre me llama por los dos nombres y me jura que recordaré ese día toda la vida. Así es, porque hállome escribiéndolo aquí sin tener ninguna relación con el tema a tratar. Después de este suceso sigo malviviendo hasta que cumplo 37 años. A modo de celebración por haber conseguido llegar hasta aquí a pesar del BBVA, mi hermano vende su alma al diablo y nos regala entradas para asistir a la proyección de la película Regreso al futuro con una orquesta tocando en directo la banda sonora en el Palacio de Vistalegre.

Llega el día del acontecimiento. En el camino aprendemos dos cosas: la mafia que rodea las convocatorias de empleo público universitario y lo complejo que es compulsar por la tarde. Y descubrimos a dos grandes artistas: Silvestre Dangond, el número 1 del vallenato y Darío Gómez, el Rey del despecho. Los carteles que los anuncian están pegados cerca de unos contenedores de la basura de forma casual.

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Aunque intentamos evitarlo, tenemos que estacionar el coche en el parking. Son muchos los que lo hacen.

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Señal que indica la situación de Beatriz en el parking.

Vistalegre es un eufemismo y la cola para acceder es tremenda. Hay personajes muy variopintos y de otras localidades del sur de Madrid. Vemos a Lauren Bacall confabular con Ingrid Bergman mientras consumen un cigarrillo en Technicolor. Al fin entramos al recinto y ocupamos nuestros asientitos. El palacio de Vistalegre, antes del uso actual, fue utilizado como sala de usos múltiples por la Santa Inquisición y algún que otro partido político debido a su comodidad, su confort térmico y su excelente acústica.

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Vemos que hay una pantalla central obstaculizada por unos altavoces y dos pantallas más pequeñas a ambos lados. Junto a una de ellas han aparcado un DeLorean normal al que han introducido un patinete rosa en el asiento del copiloto para logar que fuera una auténtica máquina del tiempo. Junto al vehículo temporal se fotografían sin cesar cantidades ingentes de seres humanos que son atendidos por Doc y Marty con una profesionalidad sin tacha. Michael York y Jacqueline Bisset se sirven de la algarabía para examinar el ingenio en 35 mm sin levantar sospechas. Está claro que algo traman porque el actor emite un destello con su colmillo izquierdo al sonreír mientras acaricia a la gata Cristi. Jacqueline no para de atusarse el pelo mientras maldice el aspecto fosco que siempre presenta a pesar de los tratamientos a los que lo somete.

Comienza el espectáculo. La película es la misma, pero en inglés, al parecer es su cariz original. No obstante, hay diferencias; en los subtítulos no han respetado los errores de doblaje de la versión española: no dicen condesador de fluzo ni gigovatio. Mal. Bajo la pantalla menos pequeña se despliega la orquesta dirigida por un Neo hiperactivo ataviado con sotana y una varita mágica que sacude con fervor poseído por el espíritu de Luis Cobos a la vez que brinca. Interpretan la pieza musical a la perfección, lo cual es un problema, ya que al no percibir diferencias con la banda sonora grabada, pronto se olvida su presencia. Todos los músicos van arregladísimos, da gusto verlos. Otra curiosidad: en la versión original la madre de Marty le llama Calvin Klein en lugar de Levi Strauss. En 1985 lo máximo en España eran los calzoncillos Abanderado de raquetas, nadie sabía lo que era Calvin Klein.

A mitad de la proyección hay un descanso para que los locales de hostelerías tengan ingresos y para alargar la duración y justificar el precio de las entradas. El público aprovecha para orinar y fumar en masa. Observamos a Vanessa Redgrave, cerveza en mano, comentar con entusiasmo los recientes resultados electorales con una joven que viste un estrafalario pantalón de tiro bajo fabricado con unas persianas de PVC.

Regresa la orquesta al escenario y se reanuda la película. Sean Connery vuelve del bar con media sonrisa tras recibir un mensaje al oído de Jacqueline Bisset. Al tomar asiento comenta algo con su compañero de butaca Anthony Perkins, que tiene la mirada disuelta y parece haber perdido contacto con la realidad.

El público aplaude, más que con amor, con frenesí los momentos álgidos del film. En especial aquellos en los que la existencia ajusta cuentas con Biff Tannen.  Y es que todo humano inteligente padece al menos a un Biff en su vida. Con sus dos facetas, la de pandillero oligofrénico y la de adulador rectal. Los músicos siguen tocando la misma partitura una y otra vez. A estas alturas del espectáculo, aún conservo la esperanza de que aparezca Chuck Berry  para interpretar Johnny B. Good. Mi Gonzo en un pozo, no sale, se ve que con las tres nóminas que cuesta la entrada no han podido contratarle. Tampoco cantan en directo Mr. Sandman ni Earth Angel.

Se acerca el final, al estar en otro idioma, todos tememos que Doc no entienda la carta que le escribe Marty advirtiéndole de los disparos libios o que realice mal los cálculos porque los norteamericanos no utilizan el Sistema Métrico Decimal. Por suerte todo se desarrolla igual que el resto de veces que se ha proyectado la película. Menos mal.

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Termina el film. Los músicos vuelven a interpretar la misma pieza durante los créditos hasta que terminan. La multitud se levanta de los asientos, iza los brazos, se forma un ángulo de noventa grados en sus axilas transpiradas y estalla a aplaudir en fa sostenido. La orquesta saluda educadamente y se marcha. En seguida retornan motu proprio, agarran los instrumentos y tocan de nuevo la misma música. Puede observarse cómo los violines, el piano, los trombones, emiten el sonido en bucle, por inercia, casi sin rozarlos. Tras varios minutos la gente tiene que levantarse para que dejen de solfear. El descanso es comparable al telón de piano final de A day in the life.

El Palacio de Vistalegre –lo de Palacio también es un eufemismo– se ilumina y el público se divide entre los que huyen con la melodía anidada en el cerebro y los que se acercan de nuevo al DeLorean. Nosotros optamos por la segunda opción ya que no nos gustan mucho los pájaros. Aún no sabemos que al regresar al parking disfrutaremos por primera vez en nuestras vidas de una fila en forma de caracol para abonar el ticket con varios niveles de energía, como los electrones, en la que si saltas de uno a otro viajas en el tiempo y retrasas tu salida varios minutos más.

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Fila en forma de caracol. A la derecha Carmen Balcells.

Mientras tanto, la gente sigue fotografiándose junto al singular vehículo con puertas de ala de gaviota. Cuando estamos a penas a 3 metros de él, surgen raudos de la parte trasera de un rebaño de cabras que pasta tranquilo en el tendido 7 Sean Connery y Anthony Perkins cargando en volandas con un peculiar personaje de cuidado bigote, cabeza ahuevada y exquisita vestimenta que, por el acento, parece belga. Al llegar a la máquina del tiempo, Perkins toma asiento, pone en marcha el ingenio, introduce una fecha con el teclado y sale rápido. Al tiempo, Connery maldice al belga, le arroja dentro, cierra la puerta y esboza una sonrisa malvada al ver su reflejo de James Bond sobre la carrocería plateada del Delorean.

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