Dignidad

Paco Sánchez – 13 de mayo de 2015

Disfruto como un niño, disfruto como un niño observando, observando durante horas y horas todos los días cómo destila realidad la mirilla, mi antigua mirilla de bronce labrado, excesiva, barroca.  Ya ha llegado Maude. Rápido, empuja la silla, acércame a la puerta —pienso en voz baja para que no oiga mi ansiedad—, necesito vivir. El único órgano que aún puede hacerme sentir algo es el cerebro. La mirilla: DignidadMaude gira la mirilla cuarenta y cinco grados y el apartamento se inunda de fotones llenos de historias. Es primer jueves de mes, los primeros jueves de mes instalan unos puestos con simulacros de artesanía, otros con dulces, otros con bebidas… Se acerca una mujer con unos cuarenta y pocos años muy jóvenes, tiene encanto, chispa natural, le acompaña su hijo que todavía no ha entrado en la pubertad, pero ya tiene la cabeza muy lejos de allí. Con ellos va un joven apuesto que se esfuerza por aparentar normalidad y simpatía, de modo que se le ha instalado en el rostro un ridículo y estúpido gesto. Ella disimula mejor, pero también está nerviosa e insegura. Está claro que ambos están emparejados, pero no entre ellos, se trata de un encuentro furtivo. Él sabía que iba a venir el niño porque, aunque está limpio, no ha pasado por casa a ducharse de nuevo y cambiarse el traje con el que ha ido a trabajar esta mañana. Ambos intentan ocultar los defectos o las características que ellos consideran defectos y creen que han provocado que fracasasen sus respectivas relaciones. Los tres desaparecen de repente por la derecha. Sorbo por la pajita un poco de este maldito refresco sin cafeína, sin gas, sin azúcar, sin sabor y sin alma que me permite beber el medicastro inculto ese que cree que lo sabe todo de la vida. La mirilla, dignidadEn el puesto de combinados hay un grupo de jóvenes que aún creen que la verdad existe. Beben en abundancia, son grotescamente felices, ignoran que estar en el cénit de sus vidas significa que todo lo que venga después será peor. Aunque a menudo lo agradecerán. Junto a ellos pasa un hombre intentando gobernar a su desbocada hija de cuatro años desde el timón de su manita. La niña quiere absorber toda la información posible a la vez que toca, pregunta, canta, grita y satura. Está claro que el padre pasa por una mala racha; lleva una camisa barata que fue diseñada para durar una temporada hace cinco años, e intenta que su hija no oiga cómo cruje por dentro cuando tiene que poner todo tipo de excusas para no comprarle nada de lo que le pide mientras la toma en brazos y acelera el paso para salir de allí cuanto antes.

—Señor Parker, ya terminé, ¿puedo hacer algo por usted antes de irme?

—Gracias, Maude, todo está bien. No olvide apagar todas las luces antes de irse. Buenas noches.

Toco mi reloj y noto que ya son las nueve.

Por la izquierda viene andando un jubilado heterodoxo…

Vía Letras Inquietas

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