La mancha

Paco Sánchez – 10 de marzo de 2015

manchaLa mancha siempre ha estado ahí, en el terrazo del descansillo junto a la jamba de la puerta del piso de al lado. Permanece inalterada. Parece la capa de nata de un café con leche arrugada por el aire de un soplido.  Es una de las primeras imágenes que recuerda el chico ese un tanto raro. Muchos idealizan la realidad y suelen creer que su primer recuerdo es un coro celestial de sonrisas maternales rodeado de alstroemerias ribeteadas con miel, pero en este caso era una puta mancha de barniz que el niño pasaba el día rascando con los pies de sus Clicks de Famobil.

Cuando llegaba el buen tiempo él solía entretenerse tirado en el angosto descansillo de la tercera planta con sus juguetes. Como hace más de treinta años, nadie temía que cayese escaleras abajo, a pesar de ser muy pequeño; está claro que había nacido, pero no tenía muchos más años que cero y en todo caso menos de cuatro porque todavía no iba a parvulitos. Entonces vivía detrás de la puerta de la mancha una chica embarazada muy simpática que en su recuerdo solo conservaba la voz y la mitad inferior del cuerpo. Era habitual que le invitase a pasar a su casa y que el niño entrase gateando hasta la cocina para abrir la tapa de acceso al filtro del desagüe de la lavadora con alguna herramienta inapropiada para su edad facilitada por su padre. Todavía recuerda el olor a lápiz de las baldosas.

Debajo del piso de la chica embarazada muy simpática vivía una mujer que ya había terminado de embarazarse. La casa supuraba un hedor picante mezcla de repollo cocido y colchón frito, terrible incluso para un humano tan poco acostumbrado a vivir como aquel niño. Ella solía consumir el día en el bar bebiéndose las tragaperras y jugando con una copa de coñac en la mano. Mientras tanto, sus cuatro hijos ejercían entre sí las habituales fuerzas de atracción y repulsión que hacen que los niños se mantengan en equilibrio. El marido llevaba una vida muy etilista, trabajaba de camarero para no tener que pagar las copas, vivía en diferido y hablaba en playback, tal vez porque el tramo de escaleras que culminaba en su rellano tenía siete peldaños en lugar de ocho. El niño accedía poco a aquella vivienda, quedó muy impresionado el día que comprobó que en lugar de dormir entre sábanas lo hacían entre mantas.

Junto al piso de la mujer que ya había terminado de embarazarse vivía una anciana a la que cuidaba su hija muy vieja. Al niño siempre le regalaba unos sobres sorpresa que contenían piezas de plástico con mucha rebaba. A pesar de recibir regalos, al niño no le gustaba pasar a esa casa, olía dulce y anómalo. La anciana iba con el siglo, solía repetir la madre del niño para ensalzar su vetustez.

En el primero, bajo la anciana a la que cuidaba su hija muy vieja, habitaba un matrimonio de personas mayores que cenaron sardinas fritas todos los días de su vida. El niño nunca entró mientras fue pequeño; de la casa manaba un tufo duro e irrespirable. Además se enteró de que habían hecho un salón donde había un pequeño pasillo en su casa y habían instalado una ventana para comunicarlo con el baño. Mientras se mantuvo con vida, el marido huyó todas las mañanas de su mujer, pero no consiguió eludir nunca el obligatorio paseo vespertino.

En la vivienda contigua a la del matrimonio de personas mayores que cenaron sardinas fritas todos los días de su vida también vivía una pareja de ancianos. El niño recordaba a la señora como la imagen de una Virgen llorando lágrimas de sangre, tal vez por una inoportuna verruga que tenía en su apergaminado y temeroso rostro. Y al señor, como un pequeño poni de plastilina con cabeza de bellota.

A pesar de que no ocurre siempre así, aquel niño creció y se convirtío en el chico ese un tanto raro.

La pareja formada por la Virgen llorosa y el pequeño poni de plastilina con cabeza de bellota pronto cedió el hogar a su hija anormal, que se casó con un personaje muy curioso que se expresaba con gritos. Ambos tenían un perro muy feo y problemas mentales, toda su ropa era naranja y verde, les dijeron que no podrían reproducirse. Aun así lo consiguieron.  Perdieron el perro y ahora tienen un adolescente vestido de guerrillero.

El matrimonio de personas mayores que cenaron sardinas fritas todos los días de su vida fue muriendo poco a poco hasta que dejaron de vivir el día que cerró la pescadería del mercado.

La anciana a la que cuidaba su hija muy vieja vendió su piso y marchó a vivir a un inmueble que compró a un asturiano en la calle anterior a la comisaría. Al cabo del tiempo, el chico ese un tanto raro descubrió que el olor dulce y anómalo era orín, aunque le quedó la duda de si tenía el pelo amarillo por el mismo motivo. La anciana vivió muchos más años y la hija no es un personaje relevante en esta historia.

La mujer que terminó de embarazarse y el marido que vive en diferido y habla en playback fueron abandonados pronto por sus hijos, lo cual hizo que cambiasen sus hábitos, pero no su aroma; abandonaron el alcohol, cayeron en manos del chándal y comenzaron a compartir maravillosas experiencias deportivas con la hija anormal y el personaje muy curioso que se expresaba con gritos.

La chica embarazada muy simpática que en su recuerdo solo conservaba la voz y la mitad inferior del cuerpo que vivía en el piso que estaba detrás de la mancha dio a luz a un bebé con graves problemas causados por los golpes que le infligía su marido.

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