Un día en la vida

Paco Sánchez – 28 de mayo de 2014

Un día en la vidaUna impaciente sinfonía de bocinas desciende a Lucy de las nubes. Acaba de tener una idea genial para el final de la novela que está escribiendo y no se había percatado de que ya estaba abierto el semáforo. Su libro detalla el proceso de creación de la primera novela de una joven escritora, Michelle, desde cómo surge la idea inicial hasta la finalización del mismo. Está eufórica y muy nerviosa porque teme que la idea se le esfume; según acelera, se inclina hacia la derecha, abre la guantera de la nave, rebusca entre los papeles del seguro, aparta con un tierno gesto a su querida Prudence, hermosa, pero siempre en medio y, por fin, coge un papel donde apuntarla mientras, con el rabillo del ojo izquierdo, trata de deslizar su transporte entre los árboles de celofán que tamizan la luz que arrulla la vereda de la Melancolía. Sin embargo, antes de poder escribirla, aparece de ningún lugar el Mayor Tom que le da el alto y le recrimina su irresponsable comportamiento al volante. Lucy trata de explicarle de forma atropellada que está escribiendo un libro, ha tenido una idea brillante, no quiere perderla y… ¡Un momento! Descubre con pavor que ha salido a la calle con las zapatillas de estar por casa. De repente le embarga una angustiosa sensación de vergüenza e impotencia porque siente cómo la idea se le escabulle de los dedos. Además, acaba de recordar que es domingo por la noche y no ha estudiado para el examen del lunes. Corre de vuelta a casa, se calza sus zapatos de gamuza azul y logra apuntar su genial idea en el cuaderno de las  tapas de mandarina. Siente una enorme paz, casi psicotrópica, además, es navidad, la guerra ha terminado y…

Michelle, preciosa, levántate. John la despierta susurrándole al oído mientras Prudence salta sobre ella terminando de despertarla a lametazos. Todo ha sido un sueño, pero tiene la agradable sensación de haber encontrado la idea que necesita para terminar su libro. Sale de la cama, baja las escaleras y se prepara una taza de té. La sujeta con las dos manos y trata de recordar el sueño, pero es como aferrarse a una pompa de jabón y, al intentarlo, este se desvanece y la genial idea se pierde para siempre.

Vía Letras Inquietas

 

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