Nosferatu

Paco Sánchez – 24 de mayo de 2014

Hacía uNosferatun mes que aquellos desalmados acabaron con ella y la dolorosa punzada que le herraba el alma no había dejado de quemarle ni un instante. Su acomodada vida y las indecentes cantidades de dinero que atesoraba tampoco conseguían mitigar el sufrimiento. Había desechado la idea de vengarse porque no quería volver a una de esas inhumanas prisiones. Estaban abarrotadas y, lo que es peor, atestadas de gente. Solo le consolaba su profunda fe, que le hacía confiar en reencontrarse con ella tras su muerte.

Cuando comenzó a atardecer, cogió tres fajos de billetes, escondió su jorobada figura entre la gabardina y el sombrero y salió a la calle. Su sombra le perseguía dos metros por delante como una especie de Borgat poseído por Nosferatu. Había quedado en la fábrica del oeste con Trevor para pagarle por los servicios prestados. Era un ser oscuro, ruin y mugriento que ni siquiera bebía, pero era el mejor detective de la ciudad y había encontrado a los asesinos de su esposa en solo tres semanas. A medio camino, al igual que cada tarde de las últimas cuatro semanas, entró en la taberna de Peabody, llenando el cenicero de esperas, como si quisiera dulcificar sus recuerdos, ahumándolos a fuego lento, mientras bebía whisky sin parar con la vana ilusión de emborrachar la realidad

¡Carmichael! ¡Carmichael! De repente, le despertaron. Tras unos segundos de confusión, comenzó a ver la cara borrosa de Peabody. Había perdido el conocimiento con la cabeza apoyada sobre la mesa.

Ya estaba amaneciendo y dudaba mucho que Trevor siguiera esperándole, pero algo le decía que tenía que ir. Al llegar al viejo puente empedrado se encontró con un cartel que le prohibía el paso. Ahora tendría que dar un rodeo por el peligroso sector cuatro.

De forma súbita, apareció un corpulento ratero fuera de sí y le puso un cuchillo en la garganta. Le exigió que le diera todo lo que tuviese o terminaría de apretar un arma que ya había empezado a cortarle el gaznate. Carmichael no contestaba. El ladrón, al borde de la histeria, le gritó por última vez que le diese todo lo que tuviera. A Carmichael se le dibujó una sonrisa en el rostro, miró al cielo, se santiguó y le contestó que todo lo que tenía eran ganas de volver a tenerla en sus brazos.

Vía Letras Inquietas

 

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