Futuro vintage

Paco Sánchez – 27 de junio de 2014

Aquel viernes, al mediodía ya solo le quedaba un tercio. El momento que a todos se nos había pasado por la cabeza había llegado.

Hacía tieeschermpo que la vida funcionaba de un modo extraño. Nada procedía como hasta entonces: las cucharas cortaban; la segunda semana de julio tuvo dos lunes, en el segundo de ellos, pagué en amperios unas manzanas que pesaron con intensidad apenas tres segundos; los números imaginarios actuaban con naturalidad, la longitud de onda del azul resultaba mayor que la del rojo, no se cumplía el teorema de Pitágoras, de forma muy ligera lo hacía la ley de la gravedad y la gente se comportaba con una extraña e inusual empatía. Era como si alguien hubiese puesto a Dalí y a Escher a cargo de todo.

Hacía dos años que el clima se había enrevesado. Había vuelto esa incertidumbre superada hacía décadas por el cambio climático. Los científicos decidieron que las estaciones serían seis, para ser exactos, las cuatro estaciones tradicionales y dos más cortas, denominadas apeaderos climáticos, que bautizaron como terciavera y aterno.

Se formulaban todo tipo de teorías para explicar estos sucesos, pero, ese viernes, todo se resolvió. A las doce del mediodía, el tiempo se aceleró, las nubes que cubrían el cielo por fin se retiraron y aparecieron unas magnéticas, densas y plomizas naves. La gente quedó paralizada y notó cómo comenzaba a caer hacia arriba una aurora boreal de ideas y sentimientos.

Cuando se fueron las naves, todo pareció volver a la normalidad. En apariencia, no se habían llevado ni dejado nada de nosotros ni del planeta. La humanidad prosiguió con la vida que había llevado desde el comienzo de los tiempos; levantarse después de un reparador sueño, recoger los alimentos creados durante la noche en sus nuncaras(*) y pasar el día con familiares y amigos desarrollando sus vicios y aficiones sin consecuencias. Lo único que nunca nadie consiguió recordar, fue qué eran aquellos vastos edificios llenos de camas, botecitos, curiosas herramientas de acero inoxidable y misteriosas máquinas que tenían una gran “H” en sus fachadas.

(*) Una nuncara es un electrodoméstico imaginario que fabrica comida real utópicamente

Vía Letras Inquietas

 

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