Enervado

Paco Sánchez – 21 de junio de 2014

Creo que me he despertado. Llamo a Scarlett por teléfono y me responde otro número sin querer. Me levanto de la cama y llego errático al baño. Lleno el lavabo con agua fría y sumerjo la cabeza en ella, no sin evitar clavarme el maldito grifo en la coronilla. Apenas siento dolor, tengo el cerebro entumecido por los excesos de la noche anterior. Por suerte conservo el conocimiento suficiente para recordar que debo respirar y saco la cabeza del agua, clavándome de nuevo el dichoso grifo, unos instantes antes de que mi hija heredase mis deudas. Me miro al espejo y descubro que tengo el ojo izquierdo más negro que el alma de Fred —el novio de Scarlett—, lo cual me hace sospechar que ayer ocurrió algo. Todavía medio desnudo y con un manto invisible de festividad que me cubre de olor todo el cuerpo, rebusco en el cajón de las medicinas uno de esos analgésicos verdes para las resacas que la gente vulgar toma para cualquier dolor. Queda uno. Los problemas físicos se resuelven con soluciones químicas.

Mientras tomo el café, no dejo de preguntarme si Scarlett estará bien. Son las seis de la tarde, he vuelto a llamarla y aún tiene el teléfono apagado. Algo impropio de ella. Anoche, mi conocimiento decidió ausentarse del pub sin avisar, unas horas antes que yo. Se nos fue de las manos a ella y a mí. Es probable que nos viese algún esbirro de Fred. No quiero ni imaginarme lo que podría haberle hecho si hubiese llegado a sus oídos siquiera que nos habíamos besado.

Una vez recuperada la capacidad psicomotriz suficiente para conducir un vehículo con motor de combustión interna, decido arriesgarme y salir en su busca. Sé perfectamente dónde puede estar. Cuando estoy apenas a tres manzanas, suena el teléfono. Es ella. Paro en la puerta de un garaje para hablar con más tranquilidad.

—¡Scarlett! ¿Dónde demonios… estás bien?
—Hugh tranquilo… eh, claro, estoy bien… seguro que tú también… mejor hablamos otro día. Tengo que ir con Fred a elegir el banquete de nuestra boda… nos hace mucha ilusión…

Estoy derrotado, con el teléfono todavía en la oreja. Lo ha vuelto a hacer. Cuando está conmigo se le ilumina la cara, habla, ríe, baila. Al volver con Fred es una triste copia sin vitalidad de sí misma, pero no se atreve a dar el paso que yo di hace tiempo y romper con todo para estar juntos. Valora más la seguridad económica y el prestigio social de estar con uno de los más respetables representantes públicos de la ciudad que su felicidad. Si me atreviera a contarle tan solo una parte de lo que Fred hace a sus espaldas y piensa de ella, tal vez las cosas serían muy diferentes. Pero no es mi estilo.

Y allí me quedo yo, ausente y enervado, mientras el resto de coches hacen sonar sus bocinas para acceder al garaje, pensando que, tal vez, las auténticas historias de amor son las que fracasan.

 

 

Vía Letras Inquietas

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