Aparcamiento

Paco Sánchez – 18 de abril de 2014

Martina acaba de comenzar a andar y es urgente  la compra de una barandilla protectora para la escalera. Hemos decidido acudir a un famoso centro de bricolaje que tiene  una fama casi mágica. Con el aparcamiento de superficie completo, hemos tenido que aparcar en el garaje subterráneo. Las puertas del ascensor se han abierto antes de llegar a la planta baja y durante apenas un segundo hemos sentido descender el planeta a nuestros pies. Una vez dentro, tras sorprenderme de la cantidad de personas que eligen transformar su valiosísimo tiempo libre en julios, newtons y vatios, decido preguntar a una atenta trabajadora —que tiene el mismo aspecto que un cepillo de dientes de 1982—, dónde podemos encontrar estas barandillas. Amablemente nos indica que preguntemos a su compañero “de madera”.  Lógicamente no puedo evitar imaginarme a una suerte de pinocho uniformado con su nombre escrito en una plaquita en el tronco. Una vez de vuelta a la realidad, realizamos la compra.

Sin darnos apenas cuenta se nos ha hecho ya la hora de cenar, de modo que hemos decidido intercambiar dinero por alimentos, bebidas y un par de entradas de cine para la última sesión.

Cuando ha terminado la película y hemos ido a recoger el coche, hemos comprobado lo bien que habíamos elegido la plaza de aparcamiento en el atestado garaje. No quedaba ningún vehículo salvo el nuestro. Lo cual confirmaba que habíamos hecho la única elección correcta, ya que todos los demás coches habían desaparecido.

parkingsolo

Vía Letras Inquietas

 

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